Llega sin tocar el timbre y se sienta en el sofá más cómodo de tu salón. Se desnuda completamente, con paciencia y mucha concentración. Lo hace despacio, mirándote a los ojos durante todo el proceso. Al terminar, se queda quieto, ni una brisa se levanta, no se oye un solo ruido en todo el barrio y tu no puedes hacer otra cosa que seguir observándolo, hasta que te das cuenta que no serás libre hasta que no lo decidirá él por ti, hasta que no abandone ese lugar y te deje retomar el dominio de ti mismo y de lo que estabas haciendo antes de que él llegara. Ignorarlo no es buena táctica, eso hará que su peso y su fuerza se dupliquen. Así que solo nos queda una opción: el ataque. Darle la atención que se merece, sin ahorrarse nada. Devolverle esa mirada tan directa y sin tregua, en silencio, ubicando la fuente, descubriendo de donde brotan sus raíces y yendo a por ellas. Dejarse llevar por esa corriente que nos obliga a volvernos animales, mamíferos y por fin de nuevo humanos, etiqueta a veces olvidada entre las tantas. Él y yo. Yo y todo lo que No represento, sino lo que soy cuando no pienso en nada, lo que queda de mi después del ruido, y lo que había en mí antes de transformarme en hija, hermana, novia y amiga.
Coge la manzana. Hay una sola manera de luchar contra el deseo: ceder.
