Como cada sábado, me he levantado pronto, he bajado a desayunar y he ido a mi clase. Mi profe es joven, tiene 26 años y enseña para poder pagarse algunos gastos extra. Empezamos como cada semana hablando de nuestras vidas, sobre nuestros respectivos novios (deduzco que para ella no hay nada más interesante sobre que hablar), y en seguida me doy cuenta que está disgustada, o quizás mejor decir inmensamente cabreada… Empezamos la clase revisando mis deberes, por supuesto llenos de faltas gramaticales. Seguimos con otros ejercicios que demuestran claramente cuanto poco recuerdo del vocabulario de la última clase y cuanto me cuesta todavía pronunciar fluentemente algunas consonantes. Todo esto no hace más que poner más y más de los nervios a mi profesora, que tras emitir ruidos de desaprobación y pronunciar frases de dudoso significado subliminal (como: “no te preocupes, tengo algunos alumnos que son peores que tu”), coge su ordenador y se pone a navegar mientras yo sigo haciendo los ejercicios en voz alta. Supongo que consideró que las tarifas de las clases no incluyen una dosis extra de paciencia de su parte. Total, que tras dos horas de insatisfacción de su parte y de desesperación de la mía, salgo de ahí y me pongo a llorar. No me sentía tan mal desde el último 3 en matemáticas en 4º de liceo.
Pero la culpa es mía, y no por no haber hecho los deberes, sino por haber dejado que su estado de animo influyera sobre el mío. Hay que estar atentos, saber distinguir hasta que punto es nuestro el problema y donde comienza el de los demás. Si estoy centrada en mi serenidad, nada podrá encresparla. Pero si permito que ondas negativas ajenas interfieran en mi día de sol, es normal que sufra por los efectos. Y al revés también: la próxima vez que me toque estar cabreada o molesta por la razón que sea, tendré más cuidado con como esto puede influenciar a los que me rodean. Cada uno tiene sus cosas y suficiente tiene con ellas como para aguantar también mi mal humor. Podría incluso haber aprovechado la ocasión, haber hecho reír mi profe o por lo menos haber intentado hacerla un poquito menos triste, en lugar de perder el tiempo pensando en como decirle que dejaba las clases. Muchas cosas son en nuestro poder cuando se trata de lidiar con otras personas. Solo hay que darse cuenta de ello y decidir los pasos a seguir.

Ivana, non farmi arrossire..
Grazie! Un abbraccio
Sei proprio forte!!!
Ti seguo sempre, continua così.
Un bacio grandissimo,
Ivana